Las virtudes son capacidades que se tienen para afrontar necesidades, tanto ajenas como propias. A lo largo de la vida vamos mejorándolas y desarrollando otras con la finalidad de mejorar la calidad de vida que nos circundan. En este sentido la educación tiene un rol central, ya sea de tipo formal o informal. Es importante no obstante aclarar que el tema de las virtudes se extiende a lo largo de la historia, comenzándose a tratar incluso en la antigüedad. En efecto, las mismas guardan relación en buena medida con aspectos como la ética y la antropología, es decir, con aquello que define al hombre como ser con consciencia.
En la antigua Grecia, la dinámica social llevó al desarrollo de la filosofía como una disciplina fundamental, como un discurso que aglutinaba a todas las ramas del saber. Es desde la misma que se comienzan a realizar cuestionamientos como asimismo a formular respuestas a las distintas problemáticas que el hombre afronta a lo largo de su vida. Desde esta perspectiva es que comienza a desarrollarse un discurso enfocado especialmente en el aspecto moral del hombre. Quizá el discurso más importante al respecto es aquel que desarrolló Aristóteles, importancia ante todo fundada en la fuerte influencia que tendría a lo largo de los siglos. Así, el filósofo griego, desarrollará una cosmovisión que se centre en aquello que hoy denominamos virtudes. Las mismas son hábitos que favorecen el desarrollo de la persona en lo que respecta en la consecución de sus fines. En otras palabras, el hombre se orienta hacia un fin específico que lo realizaría como persona, siendo las virtudes aquellos hábitos que forman parte de la naturaleza de una persona para que ese fin sea alcanzado; por el contrario, los vicios son aquellos hábitos que atentarían contra esta búsqueda del fin del hombre. Este tipo de cosmovisión impactó hondamente en la Edad Media, en particular a partir del trabajo de Santo Tomás que la relacionaría con la fe cristiana.
Sin lugar a dudas, las virtudes son importantes si queremos tener una vida sana y alejada de dificultades. Las mismas deben cultivarse de forma sucesiva, intentando ante todo que florezcan continuamente. En efecto, si logramos este cometido podremos aumentar de forma importante nuestras oportunidades de desarrollo. En este sentido, debemos intentar educarnos y formarnos de forma continua. Ahora, bien, antes que la formación, en este aspecto sin lugar a dudas importa mucho más la buena intención con la que se llevan a cabo las acciones.