Importancia de la Batalla del Ebro

Entre el 25 de julio y el 16 de noviembre de 1938 se libró en un recodo del caudaloso río Ebro en el suroeste de Tarragona, una batalla que tenía que ser y fue decisiva para el transcurso de la Guerra Civil Española.

La Batalla del Ebro supuso el último intento de ofensiva por parte de las tropas republicanas, el principio del fin para la autonomía de Cataluña (que sería seguidamente ocupada por las fuerzas rebeldes), y marcaría el principio del fin de la guerra.

La República necesitaba una victoria de prestigio, además, de volver a unir por tierra las dos zonas de su territorio en las que había quedado dividida: en la parte norte, Cataluña sin la parte sur de Tarragona y oeste de Lérida, mientras que al sur, un extenso arco de terreno que abarcaba desde el centro de Valencia (el norte se encontraba bajo control sublevado, precisamente la lengua de tierra que separaba los territorios controlados por el gobierno) hasta Madrid, pasando por casi toda Castilla La Mancha, el este de Andalucía, y toda Murcia.

Desde el gobierno catalán, el enfrentamiento también se veía como una oportunidad de ganar prestigio, además de aliviar la presión que sufría la zona controlada por la Generalitat desde el oeste, además de que cualquier esperanza de mantenimiento de la autonomía -e incluso de futura independencia- pasaban por ganar aquella batalla.

El gobierno republicano ya no pensaba en ganar la guerra, sino más bien en una “salida honrosa” y dialogada: si ganaba la Batalla del Ebro, eliminaría de paso la punta de lanza del ejército sublevado, a lo que debería añadirse la imposibilidad de éste de tomar Madrid. Como consecuencia, los dirigentes republicanos calculaban que al gobierno de Franco no le quedaría más remedio que pactar.

Aprovechando que, en vez de atacar Cataluña, las tropas franquistas habían desviado su atención hacia el sur con el objetivo de conquistar los puertos del litoral valenciano, dejando aislada a la República por mar, el Ejército Popular en Cataluña se reorganizó y acumuló medios materiales y tropas.

Hasta 100.000 hombres fueron encuadrados por parte republicana en el Ejército del Ebro, que fue equipado con el último armamento llegado al territorio procedente, entre otros de la Unión Soviética.

Pese a tomar a las fuerzas sublevadas estacionadas al sur del río por sorpresa, la inferior dotación material pese al nuevo armamento resultó un handicap insuperable para las tropas republicanas, que pese a su denodado esfuerzo acabarían batiéndose en retirada.

Una de las consecuencias de la batalla fue la necesidad de soldados, lo que llevó a las autoridades republicanas a bajar la edad de recluta en Cataluña, formando lo que se conoció como “la quinta del biberón”.

Los soldados de leva eran conocidos como “quintos”, denominación que se remonta a una antigua práctica de seleccionar uno de cada cinco varones en edad militar (el quinto, de ahí el nombre).

Los “quintados” más jóvenes en este caso tenían 17 años, y deberían haber sido quintados en 1941...

Ante este dispositivo, los sublevados oponían un número inferior de efectivos, aunque muy fogueados y experimentados (tropas procedentes en muchos casos de África y que habían luchado en varios frentes), mejor pertrechados, con una mayor moral de combate, y sabiendo que podían recibir muchos más refuerzos que sus enemigos.

Es por ello que también se generó en el bando fascista una falsa sensación de seguridad que hizo que no reaccionaran al detectar los preparativos republicanos.

Poco después de la medianoche del 25 de julio de 1938, la infantería republicana, con apoyo de carros, atravesaba el Ebro sin resistencia, y atacaba los puestos de las tropas sublevadas.

La sorpresa para los soldados del ejército franquista fue total, pese a que habían advertido las preparaciones del Ejército Popular las semanas precedentes, puesto que sus mandos habían hecho caso omiso.

Las unidades que defendían la ribera sur del Ebro para los sublevados se retiraron, en algún caso bajo fuego intenso de los republicanos.

El cruce del río y el primer contacto entre ambos ejércitos dio ventaja a los republicanos, que progresaron rápidamente, y aunque no lograron superar la línea defensiva enemiga por los flancos, al menos lograron bloquear a las unidades que defendían estos sectores, que no pudieron socorrer al centro.

Las dificultades logísticas y las carencias materiales del Ejército Popular lastraron la ofensiva, que poco a poco fue perdiendo fuerza.

No obstante, los principales objetivos de la República se habían conseguido, por lo menos inicialmente: el mundo contemplaba sorprendido cómo el Ejército Popular todavía era capaz de maniobrar, y el ejército sublevado tenía que parar el resto de sus ofensivas para desviar tropas de otros frentes, como Valencia y Andalucía, para socorrer a la línea del Ebro.

La respuesta de las tropas de los sublevados para contener la avalancha republicana vino de dos factores: su experiencia y su superioridad en aviación.

En el primer caso, las tropas inicialmente superadas, supieron retirarse de forma ordenada (pese a un cierto descontrol en las primeras horas), y rehacer barreras defensivas en lo que antes de la ofensiva republicana era su retaguardia, y que por el avance de las tropas gubernamentales pasó a ser la retaguardia.

Por otro lado, los franquistas reunieron todos los aparatos que pudieron, contando también con la Legión Cóndor alemana, y la aviación legionaria italiana. El dominio del aire, que se cimentaría como un factor clave para ganar batallas e incluso guerras en la Segunda Guerra Mundial que estaba por llegar empieza a mostrarse como clave tanto en la Guerra Civil Española, como en la invasión japonesa de China.

El ejército sublevado también abrió las compuertas de una presa situada río arriba, lo que provocó una crecida súbita del río que se llevó por delante los puentes construidos por los republicanos en su avance, e incluso hombres y material.

La lucha pronto se centró en Gandesa, población en la cual las tropas franquistas puestas en fuga se habían hecho fuertes.

Se llega a una situación de estancamiento, y hasta el propio Franco acude al lugar de la batalla. Sus instrucciones son claras: fortificarse y desgastar el ataque republicano, hostigando a sus fuerzas con artillería y por el aire, ataques que el Ejército Popular no podía contrarrestar.

Una vez conseguido este objetivo, el 6 de agosto Franco ordena el inicio de la ofensiva con el fín de volver a ocupar el territorio que el ejército de la República había liberado.

Poco a poco, día tras día, las tropas republicanas van cediendo terreno ante el empuje de los sublevados, apoyados en su superioridad de medios y en tropas más fogueadas y efectivas, aunque la lucha es tenaz.

En diversos escenarios de la batalla, como los montes de la serranía de Pàndols, todavía hoy se encuentran restos de la batalla, e incluso los cuerpos policiales han tenido que desarticular algún artefacto explosivo de la época hallado en el lugar.

Los republicanos hacen pagar caro a los franquistas su avance oponiendo una tenaz resistencia, que a veces raya lo suicida.

Pero entonces, la política internacional entró en escena, jugando contra los intereses de la República...

El gobierno de la República entreveía, como muchos otros más en Europa, una guerra, en el contexto de la cual se alinearía con las potencias democráticas, lo que llevaría a una intervención de estas en el conflicto español que solucionaría la situación.

Pero entonces, la crisis de los Sudetes se solucionó con el Pacto de Múnich, los tambores de guerra callaron (sólo temporalmente), y las aguas internacionales volvieron a su curso.

Dicho de otro modo: la República se quedaba sola. Y Franco no dejó pasar la ocasión.

La ofensiva generalizada del ejército sublevado dió comienzo el 30 de octubre del 38, y fue demoledora: en pocos días, las tropas republicanas eran expulsadas de las posiciones que habían tomado en la ribera oeste del Ebro. Pese a que el Ejército Popular logró hacer cruzar el río en dirección a su zona, a numerosas tropas, otras muchas cayeron prisioneras del ejército franquista.

Las consecuencias de esta derrota para la República fueron demoledoras, y marcaron el principio de su fin.

A partir de aquí, las tropas gubernamentales ya serían incapaces de llevar a cabo ninguna otra ofensiva, y la derrota significaba que el ejército sublevado tenía la puerta abierta para la ocupación de Cataluña que, con ello, perdía su autonomía y sufría, como en el caso del País Vasco y Galicia, una doble represión: la de las libertades político-sociales como en el resto de los territorios que conformaban España, a la que se superponía la de su cultura autóctona, el idioma, y sus instituciones ganadas en el seno de la República Española.

 

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