Importancia del Genocidio de Ruanda en 1994

Cuando escuchamos la palabra “genocidio”, rápidamente nos vienen a la mente los campos de concentración nazis, el más reciente caso de Bosnia durante las guerras de independencia de la antigua Yugoslavia, o el que se está cometiendo contra la población rohingya en Birmania. Tal vez el genocidio armenio para aquellos que más sepan de historia, pero otro que fue terrible y ha quedado semi olvidado es el acaecido en Ruanda en 1994.

El genocidio de Ruanda fue un intento deliberado de terminar con la minoría tutsi por parte de elementos supremacistas de la mayoría hutu que ocurrió en Ruanda en 1994.

No obstante, el estallido de violencia no fue algo espontáneo y sin precedentes, sino que el odio entre estas dos etnias tenía un origen remoto, de varios siglos.

Hasta el siglo XI (según el calendario occidental), el actual territorio que ocupa Ruanda acogía a pigmeos de etnia twa. Fue entonces cuando llegaron, fruto de una migración masiva, los hutus, que pasaron a dominar a los anteriores, diezmándolos.

Este hecho no debe sorprendernos, pues la historia de la humanidad está llena de migraciones masivas de pueblos enteros, y las sociedades actuales son fruto de la mezcolanza y las sustituciones provocadas por dichas migraciones.

En el siglo XIV fueron los tutsis los que llegaron a la región. Si los hutus provenían del norte, de la zona del Nilo, los tutsis procedían del este, y conquistaron y dominaron a la población establecida en Ruanda.

Como resultado de estas sucesivas olas migratorias y conquistas, se creó una sociedad estratificada, en la cual la etnia twa retrocedió en cuanto a territorio ocupado y número de miembros (hasta ser una minoría hoy en día), y también ocupando el escalafón más bajo de las castas sociales.

En la parte superior de la pirámide, los nuevos “amos” tutsis, con los hutus en medio. No obstante, las diferencias entre clases no eran distintas a las de, por ejemplo, las que se establecían en los reinos creados por los pueblos “bárbaros” que iban ocupando territorios conquistados al Imperio Romano, y en los cuales los antiguos ciudadanos romanos ocupaban el estrato inferior a los nuevos “amos”.

La llegada de los europeos en el siglo XIX trastocará las relaciones sociales en el país y, como en otras partes de África, provocará una fractura y el enfrentamiento entre etnias y tribus.

Los europeos, inferiores en número aunque tecnológicamente más avanzados, necesitaban aliarse con unos para atacar a otros y sembrar disensiones para que los nativos se enfrentaran entre ellos debilitándose. Sólo de esa forma, los conquistadores podían salir victoriosos. Y eran muy taimados en su forma de hacerlo, maquiavélicos en la peor acepción del término.

Inicialmente fueron los alemanes que conquistaron Ruanda, pero este dominio colonial pasó a Bélgica tras la Primera Guerra Mundial. Los belgas, al igual que los alemanes, también explotaron las diferencias entre clanes, y lo hicieron mejor todavía... mejor para ellos, claro, y mucho peor para los nativos ruandeses.

Los belgas favorecieron que los tutsis obtuvieran el poder, aplicando la máxima maquiavélica de aliarse con el más débil para ir contra el más fuerte.

Pero los hutu no se quedaron de brazos cruzados, y respondieron con varias revueltas durante finales de los 50 y hasta mediados de los 60. La independencia llegó formalmente en 1962, pero la sociedad estaba fracturada por tantos años de intervención tergiversadora extranjera. El daño estaba hecho, el odio sembrado.

Los hutu acabaron consiguiendo el poder, la monarquía tutsi fue abolida y se erigió una república en el país. Mientras, los tutsi empezaban a abandonar el país, y la violencia entre etnias creció y se convirtió en una guerra civil que finalizaría a mediados de la década de los setenta.

En 1990, los exiliados tutsi se englobaban en el Frente Patriótico Ruandés para invadir o liberar el país, según la óptica desde la cual se mire.

El resultado de la contienda es un “empate”, por decirlo de alguna forma, que obliga a la firma de una paz y a la formación de un gobierno compartido. No obstante, esto no lleva a la pacificación efectiva interétnica.

Desde los medios de comunicación, como la radio, los supremacistas hutu empezaron a difundir consignas animando a los de su etnia a llevar a cabo una limpieza étnica en toda regla.

Se crearon grupos paramilitares que, gracias a que la mayoría de la población ruandesa es de origen hutu, pudieron contar rápidamente con un gran número de miembros adscritos y empezar a controlar el país.

En 1994 la situación se descontroló, desembocando en una “cacería” abierta de los elementos del sector supremacista hutu contra los tutsis.

En poco más de tres meses, casi un millón de personas fueron asesinadas, una proporción de muertes frente a tiempo que convierte a este en el peor genocidio de la historia.

Los tutsis no se quedarían de brazos cruzados, así que se defendieron; se reactivó el Frente Patriótico Ruandés, que consiguió ganar el control del país en unos tres meses aproximadamente. Con ello, también se inició el exilio de unos dos millones de hutus.

Si bien antes he explicado que hubo cerca de un millón de víctimas en total, no todas fueron debidas al exterminio de los hutus contra los tutsis, sino que radicales hubo en ambos bandos, y en el contexto de guerra civil, también hubo muertes causadas por acciones puramente militares.

La guerra civil y el genocidio no solamente ahondaron en la fractura social, sino que provocaron una ola de refugiados y el hundimiento de la economía.

A partir de 1994 y de la paz posterior, Ruanda ha intentado con cierto éxito cerrar y sanar sus heridas. La economía prospera, haciendo del país un interesante lugar para invertir, y pese a que la división en a sociedad sigue existiendo, se han hecho y se siguen realizando esfuerzos muy bien dirigidos para cerrarla.

Imagen Fotolia. Robnaw - St3fanbrud3r

 

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