Importancia de las Guerras de Religión de Francia (1562-1598)

No deja de resultar paradójico como las religiones, que en su gran mayoría si no todas, predican la paz universal, el amor al prójimo y el respeto mútuo, han sido tradicionalmente uno de los principales motivos para la guerra, aunque también mezclado con otras motivaciones como la económica. Uno de estos casos es el de las guerras de religión que se dieron en Francia entre el 1562 y el 1598.

Las guerras de religión de Francia fueron diversos episodios de luchas por motivaciones religiosas entre católicos y protestantes, con el trasfondo de la creación del mismo reino de Francia y la pugna por el poder en él, junto a la intervención de potencias extranjeras.

El conflicto debe comprenderse en el marco de la creación de los reinos que posteriormente vendrían a desembocar en los estados modernos que hoy conocemos en Europa occidental, así como en un conflicto religioso generalizado entre la iglesia católica y los movimientos protestantes tras la agitación provocada por las propuestas de Martín Lutero.

Las tensiones entre ambas corrientes religiosas ya se daban desde antes de mediados del siglo XVI, con episodios violentos tanto por uno como por otro lado. A esto debemos añadir el enfrentamiento entre las familias que querían controlar el poder en el país: los Guisa, los Montmorency, y los Borbones (que, a la postre, saldrían vencedores), todas ellas bajo reinado de los Valois.

Huelga decir que la monarquía tenía que capear una situación delicada entre ambos grupos religiosos, haciendo difíciles equilibrios para contentar a todos y no decepcionar a ninguna. La situación era un polvorín de fácil explosión, pues precisamente había varias partes interesadas (las familias que pugnaban y las potencias extranjeras, sobretodo las monarquías inglesa y española) en que en el equilibrio saltara por los aires en el reino francés.

Desde 1515, los reyes Valois (Francisco I y Enrique II) habían perseguido a los protestantes calvinistas (llamados hugonotes) y favorecido a los católicos, aunque el protestantismo ganaba adeptos en Francia.

En 1562 se produce el levantamiento protestante, cuyas doctrinas habían arraigado fuertemente en las ciudades y entre la nobleza opuesta a la corona (aunque en este último caso más por interés que por convencimiento).

Los protestantes pidieron ayuda a Inglaterra y a Ginebra, así como a los territorios declaradamente protestantes del Sacro Imperio Romano-Germánico, mientras que la corona y los nobles católicos hicieron lo propio a la corona española y a los estados italianos.

Si bien la iniciativa partió de las fuerzas protestantes que pudieron hacerse con el control de varias ciudades (como Lyon, Orléans o Rouen), aunque no pudieron hacerse con un territorio continuo, lo que permitió a las fuerzas católicas asediar estas ciudades y otras.

Con ambos bandos técnicamente empatados, se llegó a un acuerdo de paz al año siguiente que permitía la libertad de culto de los protestantes, aunque con ciertas restricciones. Era, no obstante, una paz en falso, ya que la guerra había avivado el odio entre las dos comunidades religiosas.

La violencia volvió a estallar abiertamente en 1567, provocada indirectamente por los movimientos de tropas españolas para contener la revuelta en los Países Bajos.

La corona francesa se armó, reclutando entre otras tropas a mercenarios suizos, para hacer frente a una posible invasión hispana. Los movimientos de todas estas tropas hicieron temer a los hugonotes un movimiento de tenaza urdido entre la corona francesa (católica) y la mayor potencia católica europea entonces (España) para acabar con ellos, así que decidieron que era mejor golpear primero.

Y lo hicieron intentando secuestrar a la familia real en una audaz pero fracasada operación que hoy calificaríamos como “de comandos”, conocido históricamente como la “Sorpresa de Meaux”, pero que fracasó.

Pese a una ofensiva inicial de los hugonotes contra una debilitada corona, ninguno de los dos bandos pudo mantener el esfuerzo bélico, lo que llevó a una nueva paz en 1568. No tardaría mucho en llegar el tercer enfrentamiento.

Los hugonotes se mostraron disconformes con algunos puntos del último tratado de paz, y después de algunos meses se reanudaron los combates.

Como respuesta, la reina madre Catalina de Médicis prohibió toda religión que no fuera la católica, y se lanzó a la ofensiva.

Los protestantes fueron derrotados en la batalla de Jarnac, lo que les obligó a reagruparse y reorganizarse, solicitando ayuda a los nobles protestantes del Sacro Imperio.

No obstante, volvieron a ser derrotados en Moncontour y la fuerza protestante se vió obligada a fortificarse en La Rochelle.

Incapaces de tomar la plaza, y enfrentándose a amenazas de insurrecciones puntuales en la retaguardia, las fuerzas realistas se veían incapaces de liquidar a sus enemigos, lo que condujo a una nueva negociación y un nuevo acuerdo de paz, mediante el cual se reinstauraba la libertad de culto.

El enlace de Margarita de Valois, princesa real, con el rey Enrique III de Navarra (y que sería IV de Francia), tensionó la corte, ya que Enrique (de la familia Borbón) había combatido con los hugonotes en el anterior conflicto.

Los capitostes hugonotes proyectaban llevar a Francia a romper su alianza con España interviniendo en los Países Bajos en favor de sus hermanos de religión, pero fueron sorprendidos por el intento de asesinato de uno de sus principales líderes (Gaspar de Coligny) atacado en un atentado tras el cual se encontraba Catalina de Médicis, y tras este, por una serie de matanzas perpetradas en diversas ciudades.

En París los hugonotes fueron tomados por sorpresa y casi aniquilados en una matanza que duró tres días (la llamada “Matanza de San bartolomé”).

No fue el único intento de exterminio, y la situación llevó a los calvinistas a tomar las armas y atrincherarse en La Rochelle. Nuevamente se repite el esquema del anterior conflicto: los realistas no son capaces de tomar la temible fortificación ni de continuar la guerra, lo que lleva a la negociación y a la firma de una paz precaria, en 1573.

La muerte del rey Carlos IX de Francia en 1574 y la pugna por su sucesión fue el detonante de la quinta guerra de religión, que duraría hasta 1576.

Enrique III, más integrista que su predecesor, empezó por reprimir a los hugonotes donde y como pudo.

Ello provocó la reacción de los calvinistas, que entraron en el país desde el Sacro Imperio con ayuda de mercenarios alemanes. La sola amenaza del ejército invasor fue suficiente para que numerosos nobles católicos rehusen el combate y deserten.

Enrique huye hacia Navarra, y finalmente se ve obligado a firmar el Edicto de Beaulieu, con el cual otorga una victoria sin precedentes a los hugonotes, que obtuvieron derechos y privilegios.

La sexta guerra de religión en Francia empezó con la convocatoria de los Estados Generales el mismo 1576, aunque estos no fueron reconocidos por los hugonotes al estar predominantemente dominados por los católicos.

La guerra no tardaría en llegar, aunque sería breve. El agotamiento de ambas partes tras catorce años de conflicto intermitente era apreciable, y ninguna de las dos estaba en disposición de aguantar una campaña larga o asestar un golpe definitivo.

Además, peligraba la integridad del reino, y esta cuestión de estado acababa pesando sobre las familias que pugnaban por su control, de forma que siempre acababan teniendo en cuenta que la situación no se “desmadrara” y se les fuera de las manos partiendo el reino o disminuyendo sus posesiones.

Finalmente, este nuevo brote armado finalizaba en 1577, dando dos años de respiro a los franceses.

En 1579 daba comienzo el penúltimo episodio de esta triste serie de enfrentamientos armados. Fueron los protestantes quienes abrieron el fuego, aprovechando los escándalos sexuales de la corte.

En esta ocasión, la guerra tampoco duraría mucho, finalizando al año siguiente, 1580, con un nuevo acuerdo de paz.

Si lo ocurrido hasta entonces dejó sembrados de cadáveres los campos franceses, la última fase de la guerra, que se dió entre 1580 y 1598, fue la más violenta.

Enrique III no podía tener descendencia, lo que desencadenó una lucha por el poder. El candidato más bien situado era Enrique de Navarra (el futuro Enrique IV de Francia), que era hugonote y, por ello, no reconocido por los católicos.

Los católicos se hicieron con el control del norte de Francia, mientras que los protestantes se hicieron con el del sur. No obstante, las fuerzas católicas, en su avance hacia el sur, fueron derrotadas por los protestantes.

Los católicos se aliaron con España, mientras que los protestantes se aliaron con los rebeldes holandeses.

El asesinato de los miembros de la familia Guisa por parte del rey Enrique III, y el posterior asesinato de este mismo a manos de un fraile católico, dejaban el camino libre para que Enrique de Navarra ocupara el trono de Francia bajo el nombre de Enrique IV.

Eso sí, antes de ser coronado, Enrique de Navarra tuvo que convertirse al catolicismo, pronunciando la famosa frase “París bien vale una misa”, con la que venía a decir que poseer el trono francés bien valía su conversión.

Enrique IV se revelará como un excelente monarca, apreciado por su pueblo, y que supo poner punto y final a los conflictos religiosos.

Pese a que el catolicismo fue reconocido como la religión de estado, Enrique promovió la tolerancia religiosa, y buscó el bienestar de sus súbditos.

También puso a raya las injerencias españolas en la política interior francesa y consiguió estabilizar la economía nacional. Es el responsable de promover las primeras expediciones galas a América, que desembocaron en el establecimiento de poblaciones el el actual Canadá, precedentes del Quebec.

Desgraciadamente, un fanático católico acabaría con la vida del monarca en París en 1610. Si bien la agitación por parte de unos pocos no había cesado, Enrique sí pudo poner fin a décadas de luchas armadas por motivos religiosos que sembraron el terror y la tristeza en Francia.

Imagen Fotolia. Kmiragaya

 

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