Importancia del Guerras del Opio

La religión es el opio del pueblo” dijo Karl Marx en 1844, y lo dijo por una razón bien clara: la fe, como la droga, es capaz de alienar a la gente de la realidad transportándolos a un mundo imaginario más feliz. Por ello, su control es importante.

Pero esta frase, que está pensada para que el interlocutor se centre en el factor religioso, hace que nos olvidemos del otro, de las drogas, y más concretamente del opio, ahora menos conocido y utilizado, pero otrora una droga muy utilizada e importante.

Hasta tal punto que, precisamente, el opio fue uno de los motivos que llevó a China y a la Gran Bretaña a enfrentarse en los campos de batalla.

Las llamadas Guerras del opio fueron dos conflictos armados acaecidos entre la Gran Bretaña (con apoyo de otras varias potencias) y el Imperio Chino a mediados del siglo XIX.

Las principales causas de estos enfrentamientos son geopolíticas (de ellos, los británicos salieron beneficiados con la cesión de Hong Kong), y económicas, siendo el comercio del opio una de las principales entre estas últimas, aunque no la única.

A principios del siglo XIX, China era un país todavía muy encerrado en sí mismo, que buscaba protegerse del intervencionismo extranjero.

Al mismo tiempo, las potencias occidentales, en pleno proceso de expansión colonial, miraban a China con avidez, tanto por la posibilidad de conseguir dominios, como por las posibilidades comerciales.

El problema era la balanza de este comercio con el gigante asiático. En Gran Bretaña, por ejemplo, hacían furor las porcelanas y sedas chinas, y naturalmente el té (¡puntual a las cinco de la tarde!), mientras que los británicos tenían poca cosa que pudiera interesar a los chinos o que estos pudieran permitirse comprar en grandes cantidades.

El dinero fluía mayoritariamente en una dirección: desde Gran Bretaña hacia las arcas chinas. Y eso no gustaba en Londres, como no gustaba en ningún otro país con ansias coloniales que quería hacerse rico.

Uno de los pocos productos que la Gran Bretaña podía vender a China era el opio, producido masivamente en la India.

Pero el opio, como cualquier otra droga, era nocivo para la población y también para la economía china, lo que llevó al gobierno de aquel país a prohibir la producción, importación y consumo del opinio en 1829.

Como en toda prohibición, el mercado negro y el contrabando del opio producido por los extranjeros funcionó a pleno rendimiento, hasta que en 1839 los chinos, hartos del intervencionismo británico, expulsaron a los comerciantes de aquella nacionalidad de su territorio, como responsables de la entrada del opio y su venta ilegal en el país.

Dichos comerciantes protestaron al gobierno de su majestad, el cual no tardó en preparar sus tropas para la guerra. De hecho, buscaban una excusa hacía ya tiempo, y la destrucción de cargamentos de opio y la expulsión de sus mercaderes se la daba.

En la India, por ejemplo, se reclutaron tropas nativas antes de que la guerra fuera declarada, ya con el objetivo de ponerlas a combatir en China.

El incidente de Kowloon, en el que barcos británicos abrieron fuego sobre juncos chinos tras una serie de peleas entre marineros británicos y residentes chinos, inició la lucha armada.

Pese a ser inferiores en número, las fuerzas británicas eran muy superiores tecnológicamente, y lograron imponerse al final de la contienda.

Al comenzar esta, en 1839, las autoridades chinas prohibieron abastecer de víveres (comida y agua) a las comunidades de residentes británicos en China, así que las primeras acciones llevadas a cabo por los británicos fueron para rescatar y llevar provisiones a dichas comunidades.

Las primeras acciones fueron navales, como la batalla de Chuenpi, y ya dejaron a entrever la superioridad británica, que fue convenientemente escondida por los mandos chinos locales, camuflada en informes que minimizaban las bajas chinas y aumentaban las británicas, apelando a grandes victorias del Imperio del Dragón.

Fue entonces cuando el parlamento británico realizó una serie de demandas imposibles de cumplir para el gobierno chino.

Entre estas se encontraba la inmunidad para los súbditos de su majestad, de forma que si se les incautaba contrabando, no podrían ser detenidos ni juzgados por las autoridades chinas, así como exigían condiciones beneficiosas en el comercio bilateral.

Tras un impás, en junio de 1840 llegaba a las costas chinas la primera flotilla británica de asalto, la cual integraba tanto barcos de guerra como fuerzas terrestres. Su primer objetivo fue el estratégico puerto de Dinghai, con el que se hicieron tras una poco efectiva resistencia china el 5 de julio de 1840.

A partir de ese momento, la guerra no sería más que las tropas británicas “machacando” a las chinas, aprovechándose abiertamente de su superioridad técnica.

Desde Dinghai los británicos dividían sus fuerzas en dos, siempre siguiendo la costa, una flotilla en cada dirección. Mientras, los chinos formalizaban una petición para iniciar conversaciones, que empezaban incluso con los dos bandos todavía enfrentados.

En agosto de 1841, los portugueses abrían el puerto de Macau a los británicos, que contaban, gracias a ello, con una nueva base protegida.

Portugal prácticamente le debía a la Gran Bretaña su independencia de España, y aunque el país fue inicialmente neutral en el conflicto, no quiso lastimar su tradicional amistad con los británicos, ni perderse posibles beneficios en el reparto del pastel tras la inminente victoria de las fuerzas de su graciosa majestad.

El guión de los ataques prácticamente se repetía siempre de la misma forma: al arribar la flota británica, le salían al paso los juncos chinos, que eran arrasados por los modernos barcos británicos, con mayor potencia de fuego, más alcance, y mayor resistencia.

A ello, le seguía el bombardeo naval de los objetivos de tierra y, finalmente, con el apoyo de los barcos, el desembarco de las tropas y la conquista.

Viendo la guerra perdida, las autoridades chinas retomaron las conversaciones de paz con los británicos, lo que llevó al Tratado de Nanking, cuya principal cláusula era la cesión de Hong Kong.

Además de esta cláusula, también se daban ventajas comerciales a los británicos, y se preveía la indemnización de seis millones de dólares en plata por parte del gobierno chino para pagar el opio destruido antes del conflicto. Por su parte, los británicos abandonaban algunas conquistas territoriales.

No obstante, el hambre de poder de las potencias coloniales en China, encabezadas por la Gran Bretaña, distaba de haber sido saciada.

Ello llevaría a una nueva guerra del opio, que empezaría en 1856 y se extendería hasta 1860.

Tras la Gran Bretaña, otras potencias como Francia y Estados Unidos también firmaron sus propios tratados bilaterales con China, por eso en 1855 el gobierno británico solicitó renegociar el Tratado de Nanking, proponiendo unos términos humillantes para China.

Entre estos se contaban la legalización de la producción, comercio y consumo del opio, o la supresión de impuestos para los mercaderes extranjeros.

Ante la negativa china, los británicos aprovecharon el llamada “incidente del Arrow” para lanzar un ultimátum. En dicho incidente, un barco matriculado en Hong Kong (posesión británica) pero de propietarios chinos, fue abordado por las autoridades chinas bajo la sospecha de contrabando, y diversos marineros chinos detenidos.

Tras sofocar la Rebelión de la India, tropas británicas atacaron China en 1857.

El ataque se produjo en el importante puerto comercial de Cantón, ciudad próxima a la posesión británica de Hong Kong, y que había sido durante siglos el único puerto chino abierto al comercio exterior, y uno de los pocos antes de la Primera Guerra del Opio.

Francia se unió a la Gran Bretaña tras la ejecución por parte china del misionero Auguste Chapdelaine, enviando barcos.

Estados Unidos y Rusia fueron invitadas por Gran Bretaña a unirse a la coalición, y aunque inicialmente declinaron, acabaron sumándose. Rusia sobre el papel, aunque no envió tropas, y Estados Unidos con una pequeña fuerza.

El 15 de diciembre de 1857 se iniciaba el ataque sobre Cantón, que se rendía el 1 de enero del año siguiente.

Enfrentada a la Rebelión Taiping, que desembocaría en un largo y doloroso conflicto (se estima en 20 millones el número de muertos que provocó), la monarquía china no podía resistir un ataque por parte de las potencias occidentales, así que se apresó a negociar.

El resultado de esta negociación fue el Tratado de Tianjin, según el cual se abrían hasta once nuevos puertos al comercio con los países occidentales, los barcos occidentales podían navegar libremente por el río Yangtsé, y el pago de indemnizaciones de China a Gran Bretaña y Francia.

Tras la firma del acuerdo, estas dos últimas potencias ofrecieron una ayuda decisiva a la dinastía Qing para acabar con la Rebelión Taiping.

 

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