Importancia del Imperio Otomano

Antes de ser conocido como “el enfermo de Europa”, en Imperio Otomano llegó a controlar, directa o indirectamente, buena parte de la costa norteafricana, los santos lugares tanto del cristianismo como del islam, Oriente Medio hasta el Golfo Pérsico, el sureste de Europa hasta la costa dálmata y las actuales Austria y Ucrania, y toda Anatolia.

Su historia es apasionante, y aunque resumirla siempre es hacer un ejercicio arriesgado, voy a intentarlo.

Los pueblos túrquicos nacieron en las estepas del Asia central, y fueron migrando paulatinamente en dirección a la península de Anatolia.

Hoy en día existen lenguas emparentadas con el turco en la zona de Asia central y en caucas, además de la la propia Turquía. La migración fue, como todas las migraciones de grandes masas poblacionales, en parte pacífica y en parte belicosa.

En el siglo X, estos pueblos túrquicos llegan a la Península Anatólica, haciéndose un hueco entre el Califato Abasí (serían una de las causas de su caída) y el Imperio Bizantino, del que serían rivales enconados y al que irían debilitando paulatinamente.

Hacia el año 1000, los turcos ya ocupan la zona interior de la Península, con la costa dominada todavía por el Imperio Bizantino. La expansión mongola al este de estos territorios hará que los turcos fijen definitivamente su vista en occidente para crecer y expandirse.

Será con la entronización como sultán de Osmán I, cuyo nombre turco era Uthman u Othman, en 1290, que la comunidad turca se expandirá hasta convertirse en el Imperio Otomano.

Obviamente, el nombre del Imperio deriva del que es considerado como su primer gobernante.

La estructura político-social turca por aquel entonces todavía se basaba mucho en clanes o pequeños reinos semi-independientes que debían obediencia al Sultán, del cual también tenían autonomía.

Osmán I consiguió una semi-independencia del Imperio Selyúcida, que fue consolidada y ampliada por sus sucesores.

El naciente Imperio Otomano se hacía espacio a “codazos” con sus vecinos, aprovechando (como un siglo y medio más tarde explicaría Maquiavelo) las debilidades de cada uno en el momento oportuno.

El espíritu guerrero de los turcos (no lo olvidemos, procedentes de las estepas asiáticas, un territorio históricamente dado a forjar pueblos belicosos) fue trascendental en esta expansión, habiéndonos dejado joyas como el cuerpo de los Jenízaros.

Paralelamente a su expansión por Anatolia y posteriormente por Oriente Próximo, el Imperio Otomano también se expandía por suelo europeo, a expensas del Imperio Bizantino. Esto último sucedió a partir de 1361.

Fue también a partir de la década de 1360-1370 cuando el Imperio empezó a presionar sobre Constantinopla, mientras se extendían alrededor de la capital bizantina, principalmente en la antigua Tracia y el área balcánica.

En 1389 se produce la Batalla de Kosovo, en la cual los otomanos derrotan a los serbios y absorben lo que había sido hasta entonces el Imperio Serbio, llegando a las puertas de Hungría.

A partir de ese momento, y durante más de un siglo, se produjeron continuos rifirrafes fronterizos entre otomanos y húngaros.

Como anécdota, explicar que uno de los líderes que ofrecieron resistencia a los turcos, consiguiendo contener momentáneamente la expansión del Imperio fue el valaco Vlad Tepes (Vlad III), conocido como El empalador, y que siglos más tarde inspiraría el personaje de Drácula (su nombre de nacimiento era Vlad Drăculea).

En 1453, y tras décadas perdiendo territorios en favor de las tropas otomanas, el Imperio Bizantino caía: los turcos tomaban Constantinopla

Este hecho marca un punto y aparte en la historia europea y mundial. En ella se ha fijado el comienzo de la Edad Moderna (que otros autores fijan en el descubrimiento de América en 1492).

Con la caída de la capital bizantina se perdía la única entidad política que podía reclamarse a sí misma como heredera del Imperio Romano y, por lo tanto, de la tradición clásica. Los otomanos convirtieron pronto la ciudad en su nueva capital.

Además, la pérdida de este bastión liberaba tropas otomanas que podían actuar en otros frentes, puesto que daba continuidad a las posesiones terrestres del Imperio.

Los otomanos pronto reanudaron su expansión europea con mayor vigor y, en 1526 derrotaban a los húngaros en Mohács, pasando a apoderarse del país. En 1529 pondrían sitio a Viena, aunque sin conseguir tomarla.

Este hecho marca la máxima expansión otomana en Europa. A partir de aquel momento, se expandiría por Asia (los actuales Siria, Irak e Irán), y por la costa sur del Mediterráneo (especialmente Egipto).

Los corsarios y piratas turcos también desencadenaron el terror de los reinos cristianos en el Mediterráneo, llegando a incursionar contra el norte de la Península Ibérica.

Es por ello que las diferentes potencias se unieron en repetidas ocasiones contra el Imperio, alzándose con la victoria en la decisiva Batalla de Lepanto en 1571.

A finales del siglo XVII, un renacido Reino de Hungría pasó al ataque contra el Imperio Otomano, recuperando paulatinamente territorios.

El Imperio empezaba a mostrar signos de debilidad, normales en cualquier imperio cuando su expansión se frena. Junto a los húngaros, austríacos, polacos y el Sacro Imperio también aprovecharon la debilidad turca para empujar a los otomanos hacia los Balcanes.

A partir de aquí sólo quedaba un camino: si hasta entonces, el Imperio Otomano había subido, ahora iba de bajada. En 1683 fracasa estrepitosamente el segundo sitio de Viena.

A partir del siglo XVIII, el Imperio otomano se sume en una espiral en la que se conjugan los problemas étnicos y la corrupción de las élites.

Muy representativa de esta última será la caída del cuerpo de Jenízaros, otrora una potente maquinaria militar, sumida después en la corrupción por el poder político que acumulaban.

El retroceso en los Balcanes culminaría en 1823 con la independencia de Grecia, a la cual se sumaría la pérdida de Egipto en 1882. Pero lo peor estaba por venir.

Mientras languidecía, el Imperio Otomano afrontaba un intento de rehacerse y sobrevivir. De esta época, de sus pérdidas territoriales, le viene al Imperio el apodo de “el enfermo de Europa”.

En 1914 estalla la Primera Guerra Mundial, y el Imperio otomano se alinea con las potencias centrales.

Pese a haber modernizado su ejército, el Imperio sufrió duras derrotas (como en el Cáucaso ante los rusos) y acabó siendo víctima de una estructura roída por la corrupción de sus altos cargos y los intereses personales y políticos, además de una deficiente equipación para soportar un conflicto de larga duración.

Ni el apoyo alemán pudo frenar lo que estaba visto para sentencia, y en 1918, el Imperio era desmembrado y reducido a Anatolia y Estambul por sus enemigos.

El fin oficial del Imperio Otomano ocurre en 1922 con la abolición del sultanato por parte de Mustafá Kemal, conocido como Atatürk (padre de la patria Turca), y la proclamación de la República, así como la renuncia a cualquier posibilidad de recuperación del Imperio.

Sano hasta la envidia de las demás potencias en su origen, el Imperio Otomano se había pasado casi dos siglos de decadencia hasta desaparecer en las brumas de la historia, que no olvidará nunca lo que un día fue su gran esplendor.

Imágenes Fotolia. Past, Koraysa

 

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