Importancia de los Imperios Centrales en la Primera Guerra Mundial

La denominación de Imperios Centrales (o, alternativamente, Potencias Centrales) corresponde al bando conformado por Alemania y Austro-Hungría en el marco de la Primera Guerra Mundial, al que más adelante en el transcurso del conflicto se les sumarían el Imperio Otomano y Bulgaria.

Su denominación proviene tanto de su centralidad geográfica en el continente europeo, formando un eje de norte a sur, como de su enclaustración entre las dos partes de la entente (nombre dado al conjunto de estados que luchaban contra estos imperios), ya que quedaban en medio del Imperio Ruso por un lado, y de Francia y la Gran Bretaña por el otro.

El origen de esta unión debemos buscarlo en la formación del Imperio Alemán en 1871, el cual tenía un claro enemigo: Francia. Esta última buscó un acercamiento con Rusia, el otro tradicional enemigo de Alemania, por lo que este último país fue a buscar una Austria con la que los rescoldos de la Guerra Austro-Prusiana ya se habían apagado.

Por su parte, una Austria tanto debilitada internamente, como amenazada exteriormente, también necesitaba del concurso de otra potencia que pudiera aportarle estabilidad, y la más dispuesta era Alemania.

Al fin y al cabo, el proyecto de unidad alemana hubiera podido ser liderado por Austria, pero al perder esta ante Prusia, prefirió girarse de espaldas al mundo germano -políticamente hablando- y volcarse en la construcción de un imperio multiétnico en los Balcanes y en Europa del este.

Pese a esto, culturalmente, los austríacos eran más cercanos a Alemania que al resto de los territorios que conformaban el Imperio.

Ambos estados, junto a Italia, conformaron en 1882 la Triple Alianza, un precedente directo de lo que serían más adelante los Imperios Centrales.

No obstante, al principio de la Guerra, Italia dejó el tratado por papel mojado y no se involucraría hasta 1915... pero en el bando de la Entente.

En octubre de 1914 (tres meses después de iniciada la contienda) el Imperio Otomano se unía a los Imperios Centrales, cumpliendo así con un protocolo secreto firmado con Alemania.

Los otomanos estaban interesados en contar con un aliado para luchar contra el Imperio Ruso, y aunque en el seno del país había políticos y militares que apostaban por aliarse con la Entente, la militancia de su sempiterno enemigo ruso en dicha alianza supuso un obstáculo insalvable.

Por motivos estratégicos, básicamente para minar la preeminencia británica en la región de oriente próximo, Alemania presionó al gobierno otomano para conseguir que se alinearan con las potencias centrales.

El Reino de Bulgaria entró a formar parte del club de las Potencias Centrales un año más tarde que el Imperio Otomano, en octubre de 1915.

En este caso, el motivo fue resarcirse de su derrota y las consiguientes pérdidas territoriales de la Segunda Guerra de los Balcanes, en la cual se había enfrentado en solitario a Serbia, Rumanía, Grecia, Montenegro, y el mismo Imperio Otomano.

El fin de la guerra, con la derrota de los Imperios Centrales, supuso un golpe para todos estos estados.

Los imperios Otomano y Austro-Húngaro se descompusieron, dando lugar a diferentes países, mientras que Alemania perdía importantes territorios y quedaba obligada a pagar unas cuantiosas reparaciones de guerra. Bulgaria también perdió territorios en favor de sus vecinos, y también se vio obligada a pagar reparaciones.

De la amargura por la dureza del castigo impuesto, casi todos estos países (menos Turquía, heredera del Imperio Otomano) volverían a compartir bando -ni que fuera temporalmente- en la Segunda Guerra Mundial.

Arte Fotolia: Mikhail Markovskiy

 

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