Importancia del Intento de Golpe de Estado en España de 1981

Tengo vagos recuerdos (yo entonces no había cumplido todavía los siete años) de ver por la televisión, y en blanco y negro, a aquel “señor” que entraba en una sala muy grande, con mucha gente, y gritaba “¡quieto todo el mundo!” y “¡todo el mundo al suelo!”. Y entonces tiros. Y a mi padre y a mi madre hablando, preocupados por lo que podía pasar a partir de aquel momento.

He de confesar que en aquel momento me hizo gracia -cómo podría habérsela hecho a cualquier niño inocente como era yo entonces-, y que incluso en los días siguientes incluso jugué con mis juguetes a reproducir aquello que había visto en la “tele”, especialmente el episodio protagonizado por aquel “señor” de bigote.

Solamente con el paso de los años e ir ganando conciencia político-social, me hice una idea exacta de lo que viví, sin ser consciente de ello, el día 23 de febrero de 1981.

En 1981, España estaba dejando atrás el proceso de la transición que, desde la muerte de Franco en 1975, había llevado la democracia al país, una democracia todavía frágil y muy amenazada desde sectores como el ejército.

Las fuerzas armadas españolas eran herederas directas del franquismo, del ejército que ganó la guerra civil, depurado en 1936 y que había permanecido como uno de los puntales del régimen.

No obstante, cabe señalar que también en el estamento militar soplaban vientos de cambio; algunos -pocos- mandos intermedios tenían una mentalidad políticamente más abierta, y formaban entidades como la UMD (Unión Militar Democrática).

Donde esta incipiente democracia entre los militares no se había hecho un hueco era entre los altos mandos, los cuales lanzaban amenazas, unas veces veladas y otras explícitas, a los gobernantes civiles. Es lo que se dio en llamar “rumor de sables”, y que no empezó a amainar hasta después del fallido intento de golpe de estado.

La conspiración para el golpe del 23-F del 81 no fue tampoco la única que existió en el seno del ejército español.

Algunos conspiradores participaron en varias conjuras, aunque todas excepto esta, no llegaron a ir más allá de las charlas iniciales o de algunos planes muy incipientes.

La que mayor preocupación había infundido era la llamada “Operación Galaxia”, desarticulada en noviembre de 1978 por los servicios de inteligencia españoles.

El clima político también estaba enrarecido y, de hecho, el 23 de febrero del 81 se votaba en segunda ronda la sesión de investidura de un nuevo presidente del gobierno.

Adolfo Suárez, superviviente -como tantos otros políticos españoles de la transición y de los años posteriores- de los cuadros dirigentes del régimen franquista, había dimitido como presidente, y se debatía su sustitución por parte de Leopoldo Calvo-Sotelo.

La primera votación tuvo lugar el día 20 de febrero, sin conseguir el mínimo suficiente, por lo que la segunda vuelta de la votación se programó para el 23 de febrero.

Antes de continuar, quiero dejar claro que buena parte de lo que rodea al 23-F se encuentra envuelto por una aura de misterio.

Por ejemplo, ¿cuál fue la participación del rey Juan Carlos I? Algunas voces calificadas han apuntado que habría movido los hilos por detrás para aparecer como salvador de la situación evitando una nueva guerra civil, cimentando así un trono que aún era joven, como la misma democracia en España.

Años después de la intentona golpista, algunos participantes afirmaron que lo que habían hecho, lo habían hecho por el rey.

Tampoco está clara la planificación del golpe; hay quien dice que Antonio Tejero, teniente coronel de la Guardia Civil que irrumpió en el Congreso de los Diputados, se precipitó. Otros dicen que Tejero actuaba de motu proprio, sin haber consultado con nadie ni haberse coordinado con otros participantes, y que los demás que reaccionaron lo hicieron siguiendo sus propias directrices al calor de lo que estaba sucediendo.

No obstante, en todos los casos, el objetivo apuntaba al mismo: crear un vacío de poder provocando un gobierno de concentración nacional que aunara las principales fuerzas políticas aceptadas por militares y antifranquistas moderados, congelando el proceso democrático y solucionando la inestabilidad política y la crisis económica.

Pasado un periodo de dos o tres años, este gobierno cedería su lugar a otro elegido ya democráticamente.

De esta forma, los grupos de ultraderecha y de izquierda radical, así como las demandas nacionalistas de territorios con reivindicaciones históricas (y, especialmente, en el caso vasco, el tema del grupo terrorista ETA), podrían ser perseguidos, controlados y, finalmente, acallados.

A las El 23 de febrero de 1981, poco antes de las 18:23, el teniente coronel Antonio Tejero entra, al mando de 200 guardias civiles, en el hemiciclo del Congreso de los Diputados, interrumpiendo la votación.

Los gritos a los que me he referido al principio del artículo, y que quedaron -como a muchos otros- grabados en mi memoria, retumbaron en la sala y en los salones de buena parte de España, pues el pleno se estaba retransmitiendo en directo.

Las cámaras de televisión no pararon gracias al arrojo de los cámaras y el desconocimiento técnico de los militares, aunque a partir del momento en que la central de la televisión española (entonces sólo había un canal en el país) cortó la emisión, solamente quedarían para ser grabadas y emitidas en diferido a posteriori.

Sólo el vicepresidente del gobierno de entonces, el teniente general Manuel Gutiérrez Mellado, se levantó y se encaró a Tejero, exigiéndole que le entregara el arma y depusiera su conducta.

El posterior forcejeo entre ambos hombres y algunos guardias civiles más, desembocó en unas rafagas de subfusil al aire, cuyos impactos todavía permanecen, a modo de recordatorio, en el Congreso.

A las 19:00, el teniente general Jaime Milans del Bosch declara el estado de excepción en la región militar de Levante, y media hora más tarde moviliza a la división mecanizada maestrazgo, con unos 50 carros de combate, para que ocupen Valencia.

No se andan con chiquitas: se posicionan ante las sedes de las principales instituciones públicas, y apuntan sus armas hacia ellas, incluidos los cañones de los tanques.

Paralelamente, Milans del Bosch intenta convencer, vía telefónica, a otros mandos militares para que se sumen al golpe. De estos, algunos se pronuncian leales al rey y la constitución, pero otros quedan a la espera de los acontecimientos, sin decantarse.

También el rey Juan Carlos inicia contacto telefónico directo o indirecto (este último, a través de otras autoridades civiles y militares) con los mandos de las otras regiones militares.

Es entonces cuando entra en acción otro miembro de la conjura: el general Alfonso Armada.

Este quiso hablar con el rey para proponerle la formación de un gobierno de salvación nacional que aglutinara a las fuerzas políticas (que era precisamente el objetivo del golpe), presidido por el mismo. Pero le impiden hablar con el monarca, de quien ha sido preceptor, así que tras conversación telefónica con Milans del Bosch, se persona en el Congreso a las 23:50 para proponer la formación de dicho gobierno de concentración.

Primero habla con Tejero, quien se muestra disgustado por su propuesta y ya no le deja hablar con los diputados, aunque Armada permanece en el Congreso.

A la 1:14 de la madrugada, en una intervención televisiva muy meditada, el rey Juan Carlos condena las acciones de los golpistas, llama a la calma a la ciudadanía, y apremia a los militares a ser fieles al orden constitucional y a la legalidad vigente.

Es la puntilla al intento de golpe de estado; quienes estaban esperando que el rey se decantase, ya saben qué es lo que tienen que hacer, mientras que quienes se han levantado, saben que no están actuando de acuerdo a la voluntad del monarca (por lo menos, no de forma pública y oficial).

Quince minutos después de emitida la alocución, Armada sale del Congreso, aunque los acontecimientos no se precipitarían, todavía tardarían unas horas en ser solucionados.

A las 5:45 de la madrugada, Milans del Bosch deroga el estado de excepción en Valencia y devuelve las tropas a sus respectivas bases.

El Congreso tardaría todavía más en ser desocupado; a las 10 de la mañana del 24 de febrero, Tejero permitía que las diputadas salieran, mientras empezaba a negociar con Armada su rendición, entre las cuales se incluía la inmunidad para sus subalternos, acorde con la “obediencia debida”.

A las 12:15 abandonaban el Congreso los diputados, y Tejero se rendía junto a sus hombres. Todo había terminado.

 

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