Importancia de la Masacre de Nankín

Decía la Gesta Francorum que cuando los cruzados entraron en Jerusalén en 1099, desencadenaron tal matanza (de musulmanes, judíos e incluso de cristianos que habían permanecido en la ciudad), que la sangre que corría por las calles les llegaba a los tobillos a los soldados venidos de occidente.

Si bien podríamos pensar que esta clase de matanzas eran más propias de épocas antiguas más “bárbaras”, no hay que remontarse muy atrás para tener testimonios de otras matanzas similares (e incluso podemos encontrarlas de forma contemporánea), especialmente en el periodo que se refiere a la Segunda Guerra Mundial en todos sus frentes.

Uno de estos episodios “apocalípticos” para una comunidad concreta fue la masacre de Nankín.

La llamada “masacre de Nankín”, también conocida como “violación de Nankín”, fue una matanza de civiles y militares chinos a manos de las tropas imperiales japonesas, cuando estas últimas pudieron hacerse con la ciudad de Nankín en diciembre de 1937.

Estamos hablando, naturalmente, de un crimen de guerra que sigue siendo reclamado por China y que no ha sido reconocido (al menos, no en su mayor parte) por Japón, lo cual no ha dejado de provocar tensiones entre ambos países desde después del conflicto armado.

Nankín era la capital de las fuerzas nacionalistas chinas y, por lo tanto, un claro objetivo militar nipón en su invasión del país.

La cosmopolita Shanghái había caído en octubre, y las tropas niponas viraron hacia el noroeste para hacerse con la capital administrativa del gobierno chino.

Las tropas chinas, vapuleadas por sus oponentes nipones, se retiraban hacia el interior del país para reorganizarse y poder contraatacar, en un contexto de divisiones internas (Manchukuo era el estado títere de Tokio en China, ocupando la región de Manchuria y con el depuesto emperador chino Puyi como jefe de estado) y escasez de recursos, que también afectaba a la milicia, que dependía de las ayudas exteriores como las proporcionadas por los Estados Unidos.

La caída de Nankín era evidente, pero la misión de las unidades que debían resistir en la ciudad (una ciudad medieval amurallada, por cierto), era detener la ofensiva japonesa tanto tiempo como les fuera posible para dar tiempo al gruesa del ejército a retirarse y poner distancia entre ellos y sus enemigos. Por seguridad, el gobierno chino abandonó la capital, que quedó cerrada por las tropas para evitar la fuga de civiles, lo que a la postre se demostró un error fatal, pero que entonces buscaba agilizar el traslado de las tropas.

A su llegada a las inmediaciones de la ciudad, las tropas japonesas la rodearon y exigieron la rendición incondicional de los defensores.

La moral de combate y de la población civil china eran bajas, puesto que habían sido testigos directos o sabían por fuentes fiables de la brutalidad nipona y de las apabullantes derrotas sufridas por su ejército hasta entonces. Probablemente, más de uno habría huido si hubiera podido, o hubiera abierto las puertas a los japoneses.

En estas circunstancias, no puede extrañar que los japoneses tomaran la ciudad al asalto cuatro días después de su llegada, el 13 de diciembre de 1937, ante una tibia resistencia china.

Lo que siguió a continuación, y durante varias semanas, es el objeto de la controversia.

Los crímenes más abyectos se cometieron en la ciudad conquistada, desde saqueos hasta asesinatos masivos de prisioneros de guerra y civiles, pasando por violaciones.

Hay documentados casos de civiles enterrados vivos, asesinados a bayonetazos o a golpes, quemados vivos, o incluso partidos a sablazos, además de matarlos en grupo mediante la detonación de cargas explosivas. Si alguna vez ha habido un infierno sobre la tierra, Nankín es una de las encarnaciones que puede haber tomado.

A los soldados y militares chinos se los fusilaba masivamente y se los enterraba en fosas comunes. Las mujeres eran sistemáticamente violadas, y muchas de ellas asesinadas tras haber cometido la violación, también de las formas más abyectas.

Y no cuento aquí todos los excesos de la soldadesca nipona con los civiles y militares chinos, ya que hay cosas que remueven todavía más el estómago, y me resulta incluso difícil escribir sobre ello.

¿Cómo fue posible esto? la retórica racista y la abolición de las leyes internacionales por parte del ejército nipón explican las principales causas.

La política expansionista japonesa, basada en la llamada “esfera de coprosperidad asiática”, no escondía un sentimiento de superioridad racial de la doctrina oficial japonesa, que se trasladaba a la tropa como una especie de “barra libre” con los civiles chinos y, en general, de cualquier pueblo que no fuera japonés, con algunas contadas excepciones (como es el caso de tropas taiwanesas nativas, considerados como excelentes guerreros por los japoneses).

Haciendo una comparación libre, para los ultranacionalistas y racistas nipones, los chinos vendrían a ser como los judíos para los nazis.

En el apartado militar, los altos mandos del Ejército Imperial decidieron que los militares chinos apresados no recibirían la consideración de prisioneros de guerra, la cual cosa los alejaba de la protección ofrecida por la Convención de Ginebra, que no se aplicaría para ellos, dejándolos al alcance de la arbitrariedad de la tropa.

Esta misma solución ha sido tomada por varios ejércitos en diferentes lugares del mundo a lo largo de los años que median entre la aprobación de dicha convención, y el presente, con apelativos como “terroristas” para denominar al enemigo.

El alemán John Rabe, representante de la multinacional germana Siemens en la ciudad, lideró junto a otros 21 ciudadanos occidentales, una área de seguridad en la ciudad de Nankín, que los japoneses acordaron respetar.

Gracias a la acción de Rabe y los demás ciudadanos occidentales, salvaron la vida entre 200.000 y 250.000 chinos. Es conocido como “el Oskar Schindler de Nankín”, y un héroe reconocido y homenajeado en China.

Como en otros casos de genocidio, las cifras de esta masacre no quedan claras, yendo desde las 100.000 reconocidas por fuentes japonesas, hasta las 500.000 arrojadas por estudios norteamericanos.

No todos los responsables de esta masacre pudieron ser juzgado; algunos murieron por el propio curso de la guerra, y para otros no hubo pruebas suficientes para imponer un castigo ejemplar.

La herida de Nankín sigue hoy abierta, pero no sólo para China y Japón, sino para toda la humanidad, como muestra de la bajo que podemos caer tanto individualmente, como colectivo.

Foto: Fotolia - Dan

 

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